14 de Septiembre

"El resurgir del Ourboros"


El amanecer se muestra ante mí cada mañana, mientras espero que algo sea distinto en el comienzo de ese nuevo día; pero todo continúa igual.

¿Quién moverá los hilos de nuestra deplorable y consumista existencia…?

¿Qué ser todopoderoso quisiera una sociedad anclada en el materialismo puro?

Nadie lo sabe, nadie habla, nadie actúa…, y el mundo continúa hacia su cataclismo infernal. ¿Somos merecedores de tal destino?


Sí…, algo en mi interior afirma que ese fin es el único que nos es deparado a la raza humana. Entonces, jerarquías, leyes, poder, marionetistas…: serán depuestos para regresar al Origen de toda creación: la Nada más Absoluta, el Vacío de la Inexistencia hasta que… de nuevo, se sigan los mismos pasos…, los mismos errores… los mismos desperfectos… y así:
 

El Ouroboros se va completando.

Un pequeño extracto

(·III·)



A medida que mis pasos se adelantaban, mis oídos prestaron atención al sonido del romper de unas olas que, iba haciéndose cada vez más intenso, mientras que, por el contrario, fui comprobando como toda vegetación disminuía de repente. ¿Quizás me encontraba próxima a la costa? Fuera como fuere, el tramo de piedrecillas se interrumpió a dos metros de una especie de claro circular donde quedaban innumerables de aquellos brotes sin abrir. Enlazado al lugar, quedaba una larga escalinata de piedra que llegaba hasta la parte zaga de una especie de palacio…; sin embargo, y pese a que mis ojos tardaron en apartarse del imponente edificio, mis pasos fueron a parar a la zona orientada al oeste del mismo, donde una balaustrada de ónice rodeaba un acantilado desde el cual, podía observarse un amplio océano oscurecido por la nocturnidad.
- Esto…, esto no puede ser real… - susurré, queriendo convencerme a mí misma de las palabras pronunciadas.

Sin embargo, el aire fresco y húmedo, procedente del mar, al igual que los múltiples y distintos aromas, en los que pude regocijar mi olfato, lo eran. Pero también sabía de primera mano que si aquello era un sueño, mi propia mente me engañaba, haciéndome creer que todo cuanto se pusiera ante mí… resultara real; pese a las impresiones que pudiera tener.

Tale VII

"El Eco de la Ondina"


Tras su experiencia en la biblioteca no quiso volver allí en un buen tiempo, por lo que aprovechó para regresar a la facultad y cambiarse, poniéndose un vestido rojizo, de telas más finas que el conjunto que había llevado aquel mismo día….; sin embargo, lo más extraño es que, salió del salón de convivencia de la Ogmios descalza y sin dirigir una sola mirada a nadie.

Se mantuvo caminando sin mucha prisa por el centro del sendero que llevaba al bosque, bajo las muchas miradas que recaían en ella: bien por su belleza, el estar descalza o la ropa que llevaba puesta. Más la suya quedaba ausente, cómo si algo la estuviera impulsando a caminar.

Las sedosas telas de su vestido, al igual que sus cabellos…, ahora rojizos por el resplandor del sol del atardecer, ondeaban tenuemente con la cálida brisa del que ofrecía aquel ocaso, entretanto se desviaba del camino para seguir el murmullo de los riachuelos que, aunque lejanos para el oído inexperto, ella percibía perfectamente: cada salto de agua, cada corriente, cada arrastre de las pequeñas piedras…

La flora del lugar la maravilló de sobremanera, haciendo que deslizara sus manos por arbustos, enredaderas, mientras sus pies palpaban la tierra que, al contrario que la calzada de la universidad, permanecía húmeda y apetitosa en esos días de calor. Y entonces, cruzando una pequeña ensenada llena de flores, logró alcanzar aquel delicioso sonido que le había servido de guía para llegar hasta allí.

El agua cristalina que corría rauda entre los múltiples riachuelos le pareció tan ideal y pura, que no pudo reprimirse para quedar sentada y con los pies metidos en su interior. Aquel susurro continuó constante, mientras ella sonría con los ojos cerrados, comenzándolo a acompañar melódicamente con su voz cual sirena, entretanto movía los pies de delante hacia atrás.

Podía respirar la paz que envolvía a aquel lugar y fue aquello lo que le transmitió la tranquilidad suficiente, como la entonar sin vergüenza alguna aquella canción: la misma que la condujo hasta allí… pareciéndole uno de los extraños sueños que solía tener. Sus ojos se mantuvieron cerrados, quizás concentrándose en el sonido del agua, quien se convirtió en portadora de su voz, expandiéndola por las cercanías.

Sintió como algo le rozaba uno de sus pies, al igual que creyó escuchar algo entre los arbustos; pero se mantuvo tranquila, continuando con su entonación, dado que estaba en terreno seguro y la verdad, no quería pensar en si había alguien escuchándola o no.