August's Water in October

Despertó como cada mañana. Abrió los ojos y parpadeó un par de veces, para luego removerse entre las sábanas y mantas con amago de querer seguir allí, calentita y segura entre almohadones. Realmente, tenía la sensación de haber repetido aquel mismo proceder en otras ocasiones; pero no era así.

Fuera, la lluvia se precipitaba contra la ventana en un ronroneo que invitaba de nuevo a volver al país de los sueños. De hecho, y pese a que la luz del amanecer se filtraba a través de las cortinas, ella no tenía pensamiento alguno de levantarse aún. «¿Para qué?» Pensó. «¿Para limpiar? ¿Para agobiarme? ¿Para respirar sin tenerle a mi lado?» Se hizo un ovillo, cubriéndose con la sábana hasta las orejas y cual oruga, preparada para su consabida mutación, cerró los ojos un instante.

Sin lugar a dudas, aquella mañana no tenía la menor prisa. Suficiente ajetreada se había vuelto su vida, en los últimos meses, como para andarse con remilgos. Además, ¿desde cuándo se había vuelto tan tiquismiquis? ¿Cuándo fue la última vez que se permitió dormir hasta el mediodía? ¿Pero acaso esto último había sido posible en un pasado cercano? No. Imposible. Desde siempre se había levantado con un solo y primigenio propósito: limpiar lo que le pertenecía en la casa, para entonces sentarse y desayunar con tranquilidad, tal y como siempre había hecho y no había más.

Pero entonces, ¿qué sentía como diferente? ¿Qué había cambiado como para que ella no brincara de la cama para ponerse manos a la obra? Se detuvo  a pensar. Porque, desde luego no se sentía tan agobiada como de costumbre: ni percibía en sí misma esa ansiedad que le dificultaba a veces el respirar, ni tampoco estaba predispuesta a esa rutina tan angustiosa y de la que deseaba huir por todos los medios.

Inspiró y apartó la pesadez de la colcha. Algo no iba bien…, o quizás iba demasiado bien: cosa que no cuadraba con el ambiente que se respiraba con asiduidad en su casa. Desperezándose, abrió la puerta, se asomó al pasillo y de ahí a las escaleras. Silencio. Y en mitad de aquel sosiego, su voz ronca se atrevió a alzarse en un interrogante que no encontró respuesta. La lluvia continuaba cayendo fuera.

Era del todo insólito y esa extraña sensación, entre nerviosismo y expectación que le subió por la espalda, reafirmaban el supuesto. Sin embargo, y aún cuando descendió por los fríos peldaños de mármol, no fue hasta que pasó la mano por la barandilla de madera cuando se dio de que aquella no era su casa. Las escaleras, que se retorcían en un descansillo cuasi perfecto,  daban a un hall pequeño y elegante, con una puerta a la derecha, otra al pie de la escalera, una tercera de madera gruesa marcando una entrada al exterior y, frente a esta última, una doble acristalada y flanqueada por un par de escudos de armas. Conociendo aquella morada, de inmediato se precipitó hacia la puerta doble y deslizó la derecha hacia su lado: todo estaba igual que siempre. El comedor amplio y familiar con las sillas de madera oscura; el salón en el lateral derecho, rodeando los sillones una pequeña televisión; los ventanales de frente y cubiertos por blancas cortinas; los diferentes oleos y pinturas adornando las paredes. Perfecto, tal y como lo recordaba de la última vez.

Entonces, movida por el instinto, le buscó. Subió escaleras, irrumpió en habitaciones, las volvió a bajar, abrió puertas y las cerró con obcecación…, y ni rastro. Un sueño vano y sin respuesta: un sueño del que su mente se valía para burlarse de ella. Pero apoyada contra el cristal de la ventana, de una cualquiera, cerró los ojos desalentada y suspiró. Dejando que su aliento empañara la superficie, apretó los párpados y deseó gritar, culparle de algo…, de lo que fuese; pero no hizo falta mucho, pues el simple deseo de tenerlo a su lado, bastó para que se cumpliera.

- Te mueres por salir.
Aseveró él, perdiendo su pupila en la de ella como si el que estuviera allí delante no fuera un dato importante; como si nada lo fuera en aquel universo suyo donde el tiempo no era tiempo.
- Me muero por volver a aquel momento. – Confesó ella, aguantándose las ganas de llorar.

¿Cuántos años habían pasado desde entonces? ¿Cuántos veranos e inviernos vividos, él en un extremo y ella en otro? Solo tenían recuerdos, unos mejores y otros peores, pero recuerdos al fin y al cabo. Y aunque él no tenía porqué preguntarle acerca del mejor, sabía a cual se refirió; cuál deseaba revivir ella una y otra vez…

Al instante, ella sonrió al verse allí mismo de nuevo. Bajo aquel manto frenético de agua, en mitad de una calle inclinada e imposible de ascender y perdida en mitad del pueblo de las cien fuentes. Bañados por esa insistente lluvia veraniega, llevando exactamente la misma ropa de aquella tarde años atrás, tan solo les creó recrearse en el momento de dicho recuerdo; en el humedo beso bajo los árboles dorados. 
Porque lo que hizo de aquello algo único, no fue  la lluvia, ni tampoco la ausencia de llevar paraguas, ni mucho menos el cansancio y apremio por llegar a casa para ponerse a cubierto. No. Fue, simplemente, las risas joviales y la total despreocupación. El dejarse empapar. Porque mientras ella le tuviera a él, y él a ella, poco importaba cuán diluvio cayese sobre ambos.

Yo confieso… #16

Yo Confieso…,  que a veces me gustaría echar a cantar.

Así de simple. Ya sea en clase, en mitad de la calle o en casa, el deseo repentino de tomar aire y entonar alguna cancioncilla que ha venido a mi mente me embriaga por completo. De hecho, llego hasta el extremo de  tener que amarrar la lengua al paladar para evitar que los demás piensen el que me falte un tornillo. 

Sentirse feliz, querer celebrar algo…, todo tiene sus límites de cara a los demás pues, ¿a cuántos habéis visto cantar por la calle, simulando estar en un musical, sin recibir una mirada de extrañeza o cambiarse de acera? Pocos serían los que no pensaran en que algo no va bien en la cabeza de dicha persona…, y muchos menos quienes acompañasen al implicado en su cantilena.